La pobreza, la peor herencia y el mayor desafío

Artículo publicado en el diario La Nación

* Por Mario Raúl Negri

Cuando hablamos de la pobreza en la Argentina no podemos ni debemos reducir el debate a un mero análisis de datos estadísticos o métodos de cálculo. Se trata de un drama colectivo que nos fractura como nación, nos inviabiliza como país, nos lacera como personas.

Al asumir el gobierno del presidente Mauricio Macri, los indicadores sociales habían sido desmantelados y se nos decía, no sin cinismo, que medir la pobreza era estigmatizante. Nada más perverso ante una infamante realidad que azotaba a 14 millones de argentinos. Casi la mitad de los niños menores de 14 años crecen en condiciones que les impiden ver un horizonte de vida con algo de dignidad. ¿Qué futuro tenemos como país si no revertimos esa injusticia y reducimos la pobreza estructural que nos acusa y nos interpela?

La pobreza es la peor herencia y a su vez el mayor desafío para un presidente que no dudó en tomar la única decisión que debía: asumirlo y enfrentarlo con determinación, sin especulaciones y sin demora. En esa inteligencia y con ese espíritu se anunció el objetivo “Pobreza Cero”, junto a los igualmente trascendentes de la lucha contra el narcotráfico y la unión de los argentinos.

La pobreza obscena que se extiende a lo largo y ancho del país es la consecuencia de haber aplicado, durante décadas, políticas económicas que excluyeron y expulsaron a millones de compatriotas del circuito productivo, y de haber priorizado metodologías clientelares y demagógicas que dilapidaron la etapa de mayor crecimiento económico y con el escenario internacional más favorable desde la década de 1950. Además, vale destacarlo, de otro gran flagelo: la corrupción.

El contexto económico heredado en diciembre de 2015 se presentó por demás adverso. Como bien lo dijo el Presidente, era como un avión que caía en picada, con los comandos inutilizados y al que había que estabilizar.

Más de un tercio de la población sumida en la pobreza, un descomunal déficit fiscal de 360.000 millones de pesos; una presión impositiva insoportable del orden del 35% del PBI ahogando a la producción y pulverizando la competitividad; precios de las commodities en baja; alta inflación reprimida; aislamiento internacional; retraso y cepo cambiario; tarifas rezagadas y subsidiadas; caída del consumo y la inversión; cuatro años sin crecimiento del PBI.

De un lado, profetizaban que haríamos “un ajuste salvaje para beneficiar a los ricos y perjudicar a los pobres”. Del otro, desde la ortodoxia, reclamaban y reclaman un ajuste de las variables macroeconómicas cuya dimensión y velocidad acarrearían consecuencias socialmente inviables. Nada de eso hizo el Gobierno, que eligió otro camino. Es cierto que lo gradual “genera impaciencia”, pero es el menor costo social.

Por eso, desde el primer día, se pusieron en marcha políticas orientadas a preservar a los sectores más vulnerables. La recuperación del Indec, la eliminación del cepo cambiario, la reinserción de la Argentina en el mundo, el desarrollo del mayor programa de obras públicas que se recuerde y, fundamentalmente, la confianza internacional y de las mayorías nacionales en el nuevo gobierno permitieron implementar un programa de crecimiento sustentable que posibilita llevar adelante políticas de crecimiento económico progresivas y progresistas para sacar a millones de compatriotas de la indignidad que significa no poder, ni siquiera, alimentarse.

La extensión de los salarios familiares a los monotributistas y trabajadores que cobran menos del mínimo no imponible; la actualización de haberes en las paritarias libres por encima de la inflación; la ampliación y extensión del universo de las ayudas sociales para que les lleguen a los beneficiarios y no queden a mitad de camino enredadas en las insondables redes del clientelismo y la corrupción, así como la sanción de las leyes de emergencia social y de reparación histórica para jubilados han sido posibles sin descargar los mayores esfuerzos sobre los que menos tienen.

Si bien los resultados no llegaron con la velocidad esperada, los indicadores económicos y sociales muestran una tendencia positiva, estable y sustentada. Es sólo el comienzo y aún falta muchísimo. Pero es un camino de ética solidaria y responsable, sin mentiras, sin demagogia.

La economía, la inversión, el consumo y el empleo se recuperan de manera sostenida. La inflación será, claramente, la mitad de la que hubo el año pasado. La reducción del déficit fiscal es una meta irrenunciable del gobierno nacional, a la que inexorablemente deberán sumarse los gobiernos provinciales y municipales gastando menos y mejor, asignando los recursos con responsabilidad.

Sólo así llegarán las inversiones, que nos harán crecer más y mejor. Sólo así podremos avanzar en el crecimiento de la economía y en el combate contra la pobreza. Sólo así les mejoraremos la vida a los argentinos, con más y mejor infraestructura social, con modernos medios y vías de transporte para una mayor integración de las economías regionales, con la vuelta del crédito hipotecario para viviendas, con obras de saneamiento y agua potable para darles condiciones de dignidad básicas a quienes viven en las zonas más olvidadas.

Esto es hoy ser progresista. Esto es poner el Estado al servicio de los argentinos. El desafío es enorme y exige compromiso, austeridad y transparencia. De todos, no sólo del Gobierno.

* Diputado nacional, presidente del bloque de diputados de la UCR y del interbloque Cambiemos

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