Columna publicada en el diario La Voz del Interior con motivo del fallecimiento del ex Gobernador de Córdoba, Eduardo César Angeloz.

Interpretaba lo que era ser cordobés. Conocía la provincia como la palma de su mano. Un hacedor de su tiempo.

Con Eduardo César Angeloz se fue una parte de la historia de la Córdoba moderna. Un símbolo de la recuperación democrática y actor clave de la política argentina en los difíciles años de la transición.

La salud, la educación y la promoción social –en particular el programa Paicor, una de las políticas de Estado emblema, con más de 30 años de vigencia–, así como la reivindicación del federalismo, fueron logros que hoy toda la sociedad cordobesa reconoce de su gestión.

Otro hito insoslayable: la defensa irrestricta de la Caja de Jubilaciones de la Provincia.

En Córdoba, nunca perdió una elección. Interpretaba lo que era ser cordobés. Conocía la provincia como la palma de su mano. Si bien fue de los primeros en incorporar la ciencia de la encuesta para medir el estado de opinión de la sociedad, nunca resignó el contacto personal.

Sus campañas políticas eran en auto, kilómetro tras kilómetro. En cada pueblo recordaba un nombre, un lugar, una casa, una necesidad.

Acarició la presidencia de la Nación cuando las contingencias de una democracia aún en pañales expresaban la incomprensión de la política y la economía jugaba en contra.

Como todo hombre público, sufrió las vicisitudes de la política. Ante la adversidad, tuvo la hidalguía de reconocer los errores que comportó su decisión de ir por un tercer mandato como gobernador.

A partir de ahí recomendó nunca más eternizarse en el poder.

No tuvo pruritos en desprenderse de sus fueros parlamentarios y, como un ciudadano común, defender su inocencia en la Justicia, circunstancia que afrontó con entereza moral, pese a la herida que le profirió en su vínculo con los cordobeses.

En la Unión Cívica Radical, quienes fuimos desde jóvenes sus adversarios siempre supimos que con él había un partido sin propietarios. Tenía claro que todos nos necesitábamos, aun en las derrotas internas que democráticamente algunos sufrimos frente a él.

Fue vehemente, incluso de a momentos pertinaz, pero nunca dejó de respetar la integridad del partido, dar valor al debate y resaltar la necesidad de fortalecernos a partir de los disensos y de la pluralidad de voces.

Fue apasionado en la lucha electoral y nunca cerró la puerta a un opositor. Está claro que sobre el muerto pareciera que la indulgencia se desplaza con comodidad. Pero, a decir verdad, fue un hacedor de su tiempo.

Predominó desde su juventud en la escena política de Córdoba, sufrió bombas en sus domicilios y salvó más de una vida cuando se enseñoreó la dictadura sangrienta, sin preguntar por el color político.

En su gobierno, la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep) en Córdoba tuvo todo su apoyo en la búsqueda de verdad y justicia.

Y los episodios de Semana Santa lo encontraron firme en la defensa de la democracia.

Quedará para la historia y para los interminables análisis juzgar su paso por la gestión.

Pero los cordobeses no podrán dejar de asociar los años de su gobierno con el tiempo de la democracia, el ejercicio de la libertad, el respeto a los derechos humanos y el rol preponderante de Córdoba en la escena nacional.

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